Lo intuía. Sabía que iba a ser un año de cambios, pero tampoco pensaba que pudiera llegar al abismo en algunos momentos. Si mi vida ha sido equilibrada durante más de veinte años, al cumplir los veinticinco me he visto dentro de un huracán de sensaciones que tardaría días en describir. Hoy dejo atrás doce meses excesivamente intensos donde ha destacado, entre todas las cosas, el amor. El amor transformado en sufrimiento, en duelo, en esfuerzo, en sacrificio y en pasión.
Nunca he sido tan consciente del cambio. Jamás antes había sentido cómo mi cerebro se reorganizaba rápidamente para ajustarse a los acontecimientos, para tomar decisiones y arriesgar. Me la he jugado para salir ganando: he cambiado de ciudad, he buscado un nuevo trabajo, he reflexionado sobre mi futuro, las amistades y la pareja… Y me he cruzado con un entorno que me encanta, en el que puedo expresarme con total libertad. En toda esa criba he salido reforzada con unos valores bien definidos y un cariño hacia ciertas personas que (de eso estoy segura) no voy a perder.
Aunque parece que dejo atrás un año de aprendizaje, sé que todavía no he salido de él. Hoy, un poco más mayor, me siento en el ojo de ese huracán. Un descanso antes de regresar mañana al ritmo vertiginoso, a la independencia absoluta, a la lucha en el trabajo. Estoy satisfecha, aunque aún brotan de mi ojos (con bastante frecuencia) las lágrimas. Las ausencias son siempre difíciles de asumir, sobre todo si son definitivas.
Pero estoy feliz por las decisiones tomadas, por la suerte que estoy teniendo y afronto mi nuevo año de vida con las sensaciones a flor de piel. Estoy despierta, renovada tras una etapa de confusión… porque en el fondo no puedo permanecer parada, no hay nada que me horrorice más que quedarme estancada personal y profesionalmente.
Carpe diem… y ya veremos qué pasa en unos meses.
