LUNARTICA

practicando malabares en la luna

El viajero Modigliani 17/04/2008

Archivado en: Arte, Creación, cultura — lunartica @ 8:20 pm
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«Que conocemos un estilo quiere decir que nos hemos dado cuenta de una parte de nuestro misterio. Y que nos hemos prohibido escribir de ahora en adelante en este estilo. Llegará el día en que hayamos descubierto todo nuestro misterio y entonces ya no sabremos escribir, es decir, inventar el estilo».

Césare Pavese. 

El oficio de vivir.


Llego a París y me pierden el equipaje. Traía la proporción, la simetría en él. El equilibrio se me debió caer horas después cuando tropecé con un adoquín mientras caminaba por las calles de Montmartre. 

Durante un tiempo creí que podría sobrevivir sin mis bártulos, es más, que no me hacían ya ninguna falta, pero sin salirse de la misma París había muchos trenes que coger en aquellos años, y uno de ellos fue el Muchacho del chaleco rojo, de Cézanne. Era necesario cambiar de traje para poder obtener un billete y así lo hice, sin miedo al qué dirán —alguien podría haber dicho que lo hice sin el más mínimo pudor—. Mereció la pena porque allí estaba en un rincón, aunque bien visible, el equipaje que me había traído desde Italia. A partir de ese día ya me fue imposible vivir sin él.

Después cogí otros trenes: uno de Picasso, que transportaba arlequines —yo, claro, disfrazado de arlequín—, otro de Brancusi, que transportaba cariátides —yo disfrazado de cariátide—, otro que venía de África —era necesario llevar una máscara para montar, es decir, yo con máscara—, y alguno más que no quisiera recordar.

Tomé por costumbre eso de viajar en los trenes de los demás hasta que olvidé por qué lo hacía. Incluso olvidé que lo estaba haciendo.

Un buen día —ayer—, de pie en el metro, entre Diego de León y Avenida América, me acordé de una amiga mía que me había comentado no hace mucho que ella misma era mi reencarnación, que los dibujos que había estado haciendo desde niña eran idénticos a las mujeres de mis cuadros, y su experiencia, que no entendí en aquel momento por alguna extraña razón, se había ido instalando en mi mente al mismo tiempo que iba cobrando cada vez más y más sentido. 

Un chico se subió al vagón. Él, como yo hace muchos años, también andaba buscando. Él también deseaba llegar a París y coger todos sus trenes. No le hacía falta ir disfrazado para reconocerme como el dueño del tren. Fue su presencia —no podría haberlo adivinado solo— la que me descubrió que yo había finalmente encontrado mi propio vehículo. La diferencia entre él y yo era precisamente esa. No pude dudar de ello porque no conseguí atribuirle el tren a otra persona, porque entonces abrí la boca y las palabras que salieron de ella no eran de nadie —puesto que son de todos—, pero significaban ya de forma directa y clara, porque moví las manos y dibujaron en el aire completamente solas, porque intuí que por fin estaba volviendo a casa después de tanto mareo.

A propósito de la exposición Modigliani y su tiempo en la Fundación Caja Madrid y el Museo Thyssen-Bornemisza en Madrid, del 5 de febrero al 18 de mayo de 2008.

F.J. Esbrí

 

 

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