Me lo tomo con humor… Las ganas de progresar siempre están presentes… O, al menos, la intención de tener un salario digno que te permita llevar una vida normal y que no te entre la risa floja cuando escuchas a un mileurista quejarse porque no llega a fin de mes cuando lo tuyo es un juego de malabares para no pasar hambre y seguir pareciedo joven.
Como desde que tengo uso de razón jamás he cobrado más de 800 euros (aquí no sirven ni el currículum, ni el esfuerzo, ni las responsabilidades indirectas que una se encuentra una en los empleos), yo sigo indagando, buscando ofertas, estableciendo contactos… Y en ocasiones una se encuentra con respuestas como esta (evidentemente no voy a decir de quién es, pero me han encantado sus “modales” en cuanto ha oído la palabra “SALARIO” en una de mis preguntas, por poco sale corriendo, jajaja):
“Si el factor de decisión [para cambiar de trabajo] es el económico, seguramente no te interese… Y a nosotros tampoco”.
Señora, muchas gracias, pero no me considero esclava de nadie.
Moraleja: El día que nos plantemos todos los periodistas y digamos que no trabajamos más si el sueldo no es superior a los 700 euros, las empresas se van a cagar… Pero eso es un sueño que, me temo, jamás se va a cumplir.
Y todo esto viene porque desde hace unos meses soy una fiel seguidora de las palabras de uno de mis profesores: “Ah! ¿Que quiere que trabaje 8 horas diarias? Bien, bien, pague… Mi ilusión por el trabajo siempre vendrá después, al igual que la vocación”.