Existen escritores a los que acabo regresando inevitablemente. Son imanes colocados de forma estratégica en mi cabeza y que ponen en orden mi imaginación. La literatura siempre ha canalizado mis ideas, aunque ha sido más perceptible si cabe en este 2008 que ya acaba. Y es curioso, repasando las entradas en mi blog, a lo largo de los últimos meses he hablado muy poco de libros. Pero como los llevo en mi cabeza, no me preocupa demasiado.
En mi cerebro tienen cabida muchos textos, cierto, pero sólo unos pocos creadores tienen en él una habitación, un espacio donde descansar hasta que una chispa emocional los vuelva a despertar. Julio Cortázar, Borges, Ricardo Piglia, Haruki Murakami, Enrique Vila-Matas, Italo Calvino y José Saramago son los habitantes de mi hostal imaginario, que aún dispone de habitaciones vacías. A todos estos escritores les debo demasiado. O tal vez es mi salud mental la que les debe estar agradecida. No importa.
En 2008, más que caer rendida ante todas las novedades del mercado editorial (excesivas, el negocio se va a cargar el oficio del escritor), me he dedicado a releer. En ocasiones pienso que aún soy demasiado joven para hacerlo, que a mis años debería dedicarme de lleno a todo lo nuevo y a buscar más y más referentes. Pero ante un libro bueno no puedo hacer otra cosa más que agachar la cabeza y rendirme ante lo evidente: ante la genialidad.
La originalidad de los relatos breves de Cortázar (y su apoteósica ‘Rayuela’), la experimentación de Piglia (siento hacia él una admiración especial, soy un poco groupie), el mundo fantástico y crítico de ‘Las ciudades invisibles’ de Calvino, la metaliteratura de un lletraferit (me gusta más el término catalán, ‘letraherido’ me suena demasiado raro) como Vila-Matas…
… Y así hasta el infinito. Porque los que me conocen desde pequeña no pueden imaginarme sin un libro alrededor. Forma parte de mi naturaleza. No sé vivir sin literatura (¡qué le voy a hacer!) y tampoco puedo existir sin llamar, de vez en cuando, a las habitaciones de mis inquilinos favoritos.
PD: Y todo esto se me ha ocurrido gracias a un programa espeluznante que echan (vomitan) a todas horas por la televisión, Fama, que me está haciendo leer como una condenada durante estos días para dejar de atender a las tonterías que hacen. Pobrecitos.