Mis primeros años de vida los pasé dando pequeños saltos sobre la superficie de la Luna, jugando con amigos imaginarios y contando cuentos a los pobres cráteres solitarios. Como un resultado lógico de la primera sopa de letras amnióticas que recibí en el vientre materno, he dedicado mis últimos años a llenar (a modo de hormiguita incansable) las páginas de un periódico. Pero los malabaristas lunares somos personajes inquietos y libres. Y en mi búsqueda me he cruzado con dos satélites, la fotografía y la edición, que han completado mi particular galaxia expresiva.
Arrebonica!